La masculinidad tóxica ¿existe?

Muchos habrán visto por TV la propaganda ideológica de Gillette contra la masculinidad y el hombre. El anuncio presenta al varón como violento y agresor sexual por naturaleza y le ofrece una suerte de redención: el feminismo del #MeToo. Este anuncio no es más que otro asalto del marxismo cultural contra el hombre y la masculinidad, como si la masculinidad fuese algo “tóxico” (ver los orígenes de esta movida ideológica aquí), tal como lo afirma un documento de la Asociación Americana de Psicología (ver el artículo al respecto aquí). Estas campañas de marketing están orientadas a cuestiones de género para generar debates y generar cambios políticos y legales. Por eso no nos podemos quedar callados al respecto, cuando la ciencia y la psicología nos muestran que de hecho la masculinidad tóxica es un mito. De paso sea dicho, Gillette dona miles de dólares cada año a Planned Parenthood, la gran multinacional del aborto, así que a usar la navaja de antaño…

Vayamos al centro de la cuestión. Para los ideólogos del género, el ser hombre o mujer es una cuestión cultural, impuesta por nuestros padres al nacer. Esto quiere decir que el modo de actuar, pensar, reaccionar e incluso los mismos rasgos psicológicos de cada persona es algo impuesto por el contexto social y cultural. ¿Qué significa esto para el marxismo cultural? Que hay que liberar al ser humano de estas categorías “opresoras” y de esas conductas impuestas. Para lograrlo, se plantea que la masculinidad es “tóxica” ya que supuestamente esta masculinidad ha sido el instrumento de dominación del hombre para subyugar a la mujer y sus hijos. ¿Qué hacer al respecto? Socializar al varón como si fuese una niña, ya que se afirma (erróneamente) que el modo propio de actuar del varón no se debe a su biología y naturaleza propia, sino que se le ha enseñado a actuar como tal… Leonard Eron, por ejemplo, afirma que “para reducir el nivel de agresión en nuestra sociedad, es esencial que intervengamos temprano en la socialización de los niños para que puedan encontrar formas alternativas de resolver problemas y no tengan que depender de técnicas agresivas para lograr sus objetivos”.[1] El problema es que el autor presupone que “la agresión es una conducta que se aprende”,[2] por lo que hay que someter al varón a “los mismos estándares de comportamiento que han sido tradicionalmente propuestos para la mujer”.[3] En pocas palabras, hay que feminizar al hombre.

¿Qué hay de ideológico en esta propuesta? En primer lugar, la psicología nos muestra que el hombre y la mujer poseen rasgos psicológicos característicos y muy diferentes entre sí. En segundo lugar, la biología y la zoología nos muestran que estos rasgos psicológicos tienen una base biológica y genética, ligada incluso a la estructura cerebral, por lo que es imposible librarse de estos rasgos y conductas (el resultado sería la represión, la cual tiene efectos psicológicos desastrosos para la persona). En tercer lugar, el planteo es ideológico ya que la maduración humana no consiste en “suprimir” y “reprimir” el comportamiento propio del varón sino en educarlo, es decir, guiarlo y emplearlo en el crecimiento y maduración personal (especialmente en la adquisición de buenos hábitos: la virtud). Veamos estos puntos.

Las diferencias de comportamiento y rasgos psicológicos entre el hombre y la mujer son obvias, así que vayamos al segundo punto, la cuestión zoológica, biológica y neuronal. La agresión no es un comportamiento que se aprende. La zoología y la neurología han demostrado que la agresión está inscrita en circuitos biológicos y neuronales que subyacen la agresión predatoria y defensiva del animal.[4] Tomás de Aquino lo resumió magistralmente cuando afirmó que la primera inclinación del ser humano (y de todo animal) es preservar el propio ser de acuerdo con su naturaleza, es decir, de acuerdo a su modo de actuar propio.[5] Estos circuitos biológicos son tan fundamentales y profundos que operan hasta en gatos a los cuales la naturaleza les ha removido el córtex cerebral (la zoología los llama “gatos decorticados”) y parecen ser extremadamente calmos y pasivos. ¿Qué quiere decir esto? Que la agresión es innata y consecuencia de actividades extremadamente fundamentales del cerebro (tanto animal como humano). Esto vale tanto para el hombre como la mujer (aunque manifiesten la agresión de distintas maneras) y es un aspecto tan profundo del cerebro que la agresión se cataloga junto con el hambre, la sed y el deseo sexual, ya que estas cuatro funciones fundamentales son las que asisten al ser humano en la supervivencia personal y de la especie. Si el cerebro humano fuese un árbol, estas cuatro tendencias estarían en el tronco.

Como consecuencia, es necesario no el suprimir la masculinidad y la agresividad propia, sino el integrar esas tendencias agresivas en el esfuerzo personal por crecer y madurar. El período más agresivo del ser humano es entre los 2 y 4 años. Todo padre recordará los berrinches de sus hijos durante esa edad. Entre ellos, hay un 5% de varones que son extremadamente agresivos por temperamento (conocí a un niño de 2 años que insultaba groseramente a su madre cuando se demoraba con la mamadera y otro de 4 que se abalanzaba y golpeaba a los mozos con sus puños por no servir la comida inmediatamente al llegar al restaurant…). Estos son los niños que muerden, patalean, golpean a otros niños, quitan los juguetes, etc. Son un terror. Sin embargo, por medio de la educación y guía de los padres, estos niños se socializan alrededor de los 4 años.[6] Esto se va a lograr no por la feminización de su conducta, sino por la aplicación de esa agresión innata al crecimiento personal, al estudio, al deporte, etc. De hecho, las personas más completas humanamente son profundamente agresivas (en el sentido biológico) y se distinguen enormemente del hombre letárgico y mediocre. Es la agresión lo que guía el deseo de triunfar, competir, ganar, ser virtuoso, determinarse por algo y perseverar en el intento.

Por lo tanto, la agresividad natural del ser humano es una función que nos favorece en cuanto sociedad, siempre y cuando sea bien empleada, obviamente. La agresión es necesaria para sobrevivir y crecer como persona. Esta agresividad favorece también a la mujer. Ninguna mujer se quiere casar con un hombre débil, pusilánime, sin ideales y dependiente de sus padres. El hombre debe ser fuerte: es algo que otros hombres exigen y que la mujer desea profundamente (cuando la mujer odia al hombre, esta se casa de hecho con un hombre sumiso y débil, o nunca se compromete, como pasa con las feministas radicales). La mujer que busca formar familia detesta al hombre inmaduro, todavía psicológicamente “niño”. La mujer quiere a un hombre de verdad, alguien que las ayude a crecer, que les exija, que sea más inteligente, que traiga al hogar algo que ellas no pueden proveer (por eso la complementaridad es esencial en el matrimonio). Esta es la razón, también, por la cual es tan difícil muchas veces para la mujer encontrar marido, especialmente si esa mujer es inteligente, formada, educada, con grandes ideales, segura de si misma y de lo que quiere. Estas mujeres van a desear solamente a un hombre que las sobrepase en todo sentido, porque solo un hombre de esta envergadura les va a dar la seguridad que psicológicamente toda mujer necesita.[7] Y el hombre se convierte en un gran hombre movido por esa agresión interna y natural.

¿Existe la masculinidad tóxica? Es un mito más del marxismo cultural propagado por el feminismo radical (que de paso sea dicho, es bastante violento, como el marxismo asesino que inspira al movimiento). 

© Pablo Muñoz Iturrieta 2019

[1] Eron, Leonard D. “Prescription for reduction of aggression”, American Psychologist, 1980, 35, no. 3, p. 244.

[2] Ob. Cit.

[3] Ob. Cit., p. 251.

[4] Cf. Peterson, Jordan B. y M. Shane. “The functional neuroanatomy and psychopharmacology of predatory and defensive aggression”, en Beyond Empiricism: Institutions and Intentions in the Study of Crime, ed. J. McCord, Piscataway, NJ, Transaction Books, 2004, pp. 107-146; Peterson, Jordan B. y J. Flanders. “Play and the regulation of aggression”, en Developmental Origins of Aggression, ed. R. E. Tremblay, W. H. Hartup, and J. Archer, New York, Guilford Press, 2005, pp. 133-157; Trainor, Brian C. y Randy J. Nelson. “Neural mechanisms of aggression”, Nature Reviews Neuroscience, 2007, 8, no. 7, pp. 536-546.

[5] Cf. Aquinas, Thomas. Summa Theologiae, Sancti Thomae de Aquino Opera omnia, Leonine edition, vol. 4-12, Rome, Ex Typographia Polyglota S. C. De Propaganda Fide, 1882-1906, I-II, q. 94 a. 92. El texto dice: “Secundum igitur ordinem inclinationum naturalium, est ordo praeceptorum legis naturae. Inest enim primo inclinatio homini ad bonum secundum naturam in qua communicat cum omnibus substantiis, prout scilicet quaelibet substantia appetit conservationem sui esse secundum suam naturam. Et secundum hanc inclinationem, pertinent ad legem naturalem ea per quae vita hominis conservatur, et contrarium impeditur.”

[6] Cf. Brotman, Laurie Miller, Colleen R. O’Neal, Keng-Yen Huang et al. “An experimental test of parenting practices as a mediator of early childhood physical aggression”, Journal of child psychology and psychiatry, and allied disciplines, 2009, 50, no. 3, pp. 235-245; Huijbregts, Stephan C. J., Jean R. Séguin, Mark Zoccolillo et al. “Maternal prenatal smoking, parental antisocial behavior, and early childhood physical aggression”, Development and Psychopathology, 2008, 20, no. 2, pp. 437-453; Peterson y Flanders. “Play and the regulation of aggression”, pp. 133-157; Tremblay, Richard E., Daniel S. Nagin, Jean R. Séguin et al. “Physical aggression during early childhood: trajectories and predictors”, Pediatrics, 2004, 114, no. 1, pp. 43-50; Tzoumakis, Stacy, Patrick Lussier, y Raymond R. Corrado. “The persistence of early childhood physical aggression: Examining maternal delinquency and offending, mental health, and cultural differences”, Journal of Criminal Justice, 2014, 42, no. 5, pp. 408-420.

[7] Cf. Buunk, Abraham, Pieternel Dijkstra, D. Fetchenhauer et al. “Age and gender differences in mate selection criteria for various involvement levels”, Personal Relationships, 2002, 9, no. 3, pp. 271-278.

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4 Comentarios

  1. Muy buen artículo, serio, con fundamentos irreversibles. El hombre es quien protege y asiste a su familia enfrentando situaciones externas que por su naturaleza está preparado, la mujer desde su sensibilidad aporta educación, cuidados, formación humana. Cada uno en su misión ,. La persona fuerte y segura no teme al sexo opuesto, lo valora y respeta.

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    1. Qué dice? Entonces usted buscó a un “hombre que la sobrepase en todo sentido” para formar familia?
      No sé si el autor vive en una burbuja o habla con la sociedad, las mujeres (y los hombres) buscan una pareja justamente para vivir de a pares, se eligen por motivos mucho más complejos que una “superación en todo sentido”. Hay hombres que trabajan y mujeres que se quedan en casa, otros casos al revés, en otros ambos trabajan, lo que atrae es la seguridad, fortaleza y mil cualidades más que sumen a la pareja.
      También noto en el artículo una invisibilidad de los miles o millones de familias llevadas adelante sólo por una madre, cuando el padre ha fallecido o los ha abandonado. Y de esas familias también salen personas bien formadas, Agustín Laje es un caso de esos, él mismo ha dicho que con su padre no habla y que su madre es el pilar de su familia, así que un contraejemplo basta

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