El Archipiélago Gulag, por Jordan B. Peterson (2da parte)

A continuación presento en español la segunda parte de la introducción a la nueva edición en inglés del libro de Aleksandr Solzhenitsyn, El Archipiélago Gulag, que va a salir prontamente publicado. El reconocido psicólogo clínico Dr. Jordan B. Peterson gentilmente compartió el texto de la introducción que aquí publico en español. Esta es la primera parte. (original en inglés completo AQUI)

Para Marx, el hombre es miembro de una clase, de una clase económica, de un grupo (eso y poco más), y para él la historia no era nada más que un campo de batalla entre las clases, los grupos. Sus admiradores consideraron (y continúan considerando) a la doctrina de Marx como una doctrina de compasión, moral por definición y virtuosa por los hechos: “considera a las clases trabajadoras en toda su opresión, y trabaja directamente para liberarlas”. Pero el odio bien puede convertirse en una motivación más fuerte y convincente que el amor. En consecuencia, después de la Revolución Rusa, la solidaridad con el hombre común y la aparentemente loable exigencia de la igualdad universal se manifestó en un suspiro con su sombra vaga y cada vez más oscura. Primero vino la acusación más brutal del “enemigo de clase”. Luego vino la definición cada vez más amplia de ese enemigo, hasta que en un momento cada uno de los habitantes a lo largo de todo el Estado se encontró a sí mismo con el riesgo de encapsularse dentro de esa red insaciable y devoradora. ¿Cuál fue el veredicto entregado a los que se consideraba culpables por aquellos que se elevaron a sí mismos a los cargos de juez, jurado y verdugo a la vez? La necesidad de erradicar a los victimarios, a los opresores, en su totalidad, sin ningún tipo de consideración, incluyendo la sutileza reaccionaria de la inocencia individual.

También notemos: este resultado no fue el resultado de una doctrina marxista inicialmente prístina que se corrompió con el tiempo, sino algo aparente y presente desde el principio del propio estado soviético. Solzhenitsyn cita, por ejemplo, a Martin Latsis, escribiendo para el periódico Terror Rojo, 1 de noviembre de 1918: “No estamos luchando contra individuos singulares. Estamos exterminando a la burguesía como clase. No es necesario, durante el interrogatorio, buscar evidencia que demuestre que el acusado se opuso a los soviéticos con sus palabras o acciones. La primera pregunta que se le debe hacer es a qué clase pertenece, cuál es su origen, su educación y su profesión. Estas son las preguntas que determinarán el destino de los acusados. Tal es el sentido y la esencia del terror rojo”. Es necesario pensar cuando se lee una cosa así, meditar larga y profundamente en el mensaje. Es necesario reconocer, por ejemplo, que el escritor creía que sería mejor ejecutar a diez mil individuos potencialmente inocentes antes que permitir que un miembro venenoso de la clase opresora permanezca libre. Es igualmente necesario plantear la pregunta: “¿Quién, precisamente, pertenecía a esa entidad hipotética llamada “burguesía”?” Porque no es que por la mera percepción los límites de esa categoría fuesen evidentes por sí mismos. Deben ser dibujados. Pero ¿dónde, exactamente? Y, lo que es todavía más importante, ¿por quién o por qué? Si es el odio el que inscribe las líneas, en lugar del amor, inevitablemente se dibujarán de tal modo que los geógrafos conceptuales más bajos, crueles e inútiles se justificarán en realizar el mayor mal y producir la mayor miseria posible.

¿Miembros de la burguesía? ¡Más allá de toda redención! Tenían que irse, ¡por supuesto! ¿Y qué de sus esposas? ¿Niños? ¿Incluso sus nietos? ¡Fuera con sus cabezas, también! Todos estaban incorregiblemente corrompidos por la identidad de clase, y por lo tanto su destrucción era éticamente necesaria. ¡Qué conveniente, que a la más oscura y terrible de todas las motivaciones posibles pueda otorgársele tan alta posición moral! Ese fue el verdadero matrimonio entre el infierno y el cielo. ¿Qué valores, qué presunciones filosóficas dominaron verdaderamente en tales circunstancias? ¿Fue acaso el deseo de hermandad, de dignidad y de libertad de toda necesidad? No en lo más mínimo, para nada, teniendo en cuenta el resultado. Fue en cambio, obviamente, la rabia asesina de cientos de miles de Caínes bíblicos, cada uno buscando torturar, destruir y sacrificar a sus propios Abeles. Simplemente no hay otra forma de explicar el por qué de tantos cadáveres.

¿Qué se puede concluir, en el sentido más profundo y permanente, sobre la angustiosa narrativa del Gulag por Solzhenitsyn? Primero, aprendemos lo que es indiscutible, lo que todos deberíamos haber aprendido ya (lo que aún no hemos podido aprender): que la Izquierda, como la Derecha, puede ir demasiado lejos; que la Izquierda, en el pasado, ha de hecho ido demasiado lejos. En segundo lugar, aprendemos lo que es mucho más sutil y difícil: cómo y por qué ocurre eso de que la Izquierda se fue demasiado lejos. Aprendemos, como Solzhenitsyn insiste tan profundamente, que la línea que divide el bien y el mal atraviesa el corazón de cada ser humano. Y aprendemos, también, que todos somos, cada uno de nosotros, simultáneamente opresores y oprimidos. Por lo tanto, nos damos cuenta de que las categorías gemelas de “opresor culpable” y “víctima que busca la justicia” pueden hacerse inclusivas al infinito. Esto no es menos importante porque todos nos beneficiamos injustamente (y somos igualmente víctimas) por nuestra colocación arbitraria en el flujo del tiempo. Todos acumulamos privilegios no merecidos y de alguna manera casuales debidos a las circunstancias de nuestro lugar de nacimiento, nuestros talentos distribuidos de manera desigual, nuestra etnia, raza, cultura y sexo. Todos pertenecemos a un grupo, algún grupo, que ha sido elevado a algún estado comparativo sin ningún esfuerzo de parte nuestra. Esto es cierto de alguna manera, a lo largo de la dimensión de la categoría de grupo, para cada individuo excepto para el más precario de todos. En algún momento y de alguna manera todos podemos, en consecuencia, ser apuntados como opresores, y todos podemos, igualmente, buscar justicia, o venganza, como víctimas. Incluso si los iniciadores de la revolución hubieran sido impulsados, en sus momentos más inocentes, ​​por un santo deseo de elevar a los oprimidos, ¿no estaba garantizado que tarde o temprano serían superados por aquellos otros motivados principalmente por la envidia, el odio y el deseo de destruir, a medida que la revolución avanzaba? Por eso el establecimiento de la fatal y creciente lista de los enemigos de clase desde los primeros momentos de la revolución Comunista. La demolición fue dirigida primero a los estudiantes, a los creyentes religiosos y a los socialistas (continuando, bajo Stalin, con los viejos revolucionarios mismos), y fue seguida poco después por la aniquilación de los exitosos campesinos llamados “kulaks”. Y este apetito de destrucción no era del tipo que es saciado con los cuerpos de los mismos perpetradores. Como escribe Solzhenitsyn, “quemaron nidos enteros, familias enteras, desde el principio; y observaron celosamente para asegurarse de que ninguno de los niños, de catorce, diez o incluso seis años, se escapara: hasta los últimos rasguños, todos tuvieron que ir por el mismo camino, hacia la misma destrucción común”. Esto fue impulsado por la culpa auto-percibida de todos. ¿De qué otra manera era posible que los cientos de miles o incluso millones de informantes, fiscales, traidores e imperdonables observadores mudos se convirtieran tan rápidamente en el tumulto del Terror Rojo?

Por eso, la doctrina de la identidad de grupo termina inevitablemente con todos los que se identifican como enemigos de la clase, el opresor; termina con todos aquellos indiscutiblemente contaminados por el privilegio burgués, disfrutando injustamente de los beneficios legados por esos caprichos de la historia; con todos procesados, sin tregua, por la corrupción e injusticia. “¡No hay misericordia para el opresor!” ¡Y no hay castigo demasiado severo para el crimen de explotación! La expiación se vuelve imposible porque no hay una culpa individual, ni responsabilidad individual, y por lo tanto, no hay manera de que el crimen del propio nacimiento arbitrario pueda ser considerado individualmente. Y toda la miseria que podría generarse como consecuencia de tal acusación es la verdadera razón de la acusación. Cuando todos son culpables, todo lo que sirve a la justicia es el castigo de todos; cuando la culpa se extiende a la existencia de la propia miseria del mundo, solo bastará el castigo fatal.

® Dr. Jordan B. Peterson

CONTINUARA…

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