El feminismo de Teresa de Ávila (Perfil Psicológico)

En estos días, las calles de Trelew, Argentina, fueron testigo del desmán comunista y su triste reflejo en mujeres desnudas, violentas, y revolucionarias: las famosas auto-convocadas. Sin ninguna duda que cada una de esas mujeres, para llegar a eso, han atravesado situaciones muy traumáticas a lo largo de la vida. Abuso, injusticia, violaciones, y vaya a saber que más… Estas son heridas que, si no se supera, crecen y carcomen la vida de la persona. El perdón es el camino, pero a veces no hay nadie que las guíe en el arduo camino del perdón y la misericordia, y entonces el comunismo se aprovecha y usa de ese dolor y miseria para llevar adelante su agenda revolucionaria.

Hoy quiero presentar el perfil psicológico de otra mujer, alguien que podemos llamar una mujer completa: Teresa de Ávila, quien después de incansables trabajos y luchas pasaba a mejor vida en 1582.

Teresa fue de niña bastante problemática, es decir, le gustaba causar problemas. A los cinco años convenció a su hermano de que debían ir a tierra de moros y pedirles, por amor de Dios, que les cortaran la cabeza… Si no fuera por el tío que los encontró ya fuera de los límites del pueblo, la historia terminaría aquí. Así que bien que le gustaba causar problemas. Tanto habrá sido, que su padre, sin saber ya qué hacer, un día se cansó, y la mandó a un convento cuando tenía apenas 16 años.

Al principio sintió que fue lo peor que le podrían haber hecho, pero de a poco le fue gustando esa vida, ya sea porque iba creciendo en el amor de Dios, o, como lo dice en su Vida, el convento era menos estricto que su padre… Cuando llegó el momento de decidir qué hacer con su vida, tuvo que tomar la difícil decisión de elegir entre el matrimonio y la vida religiosa. Había visto cómo su madre tuvo una dura vida a causa de su matrimonio con un padre difícil. Por otro lado, la vida en el convento no parecía divertida tampoco. ¿Qué hacer? Reflexionando sobre su propia alma, se dio cuenta que el lugar más seguro para alguien tan débil espiritualmente como ella era un lugar como el convento. Y se quedó para tener menos tentaciones. Su padre se enfureció, pero cuando Teresa decidía, nada la cambiaba.

Sin embargo, la vida en el convento no era aquello que había imaginado, ya que le era muy fácil llevar una vida mundana y olvidada de Dios. Tanto, que ni siquiera rezaba. Un día se enfermó con malaria, y tan mal estaba, que hasta una tumba le excavaron. Cuando salió de esa, sufrió una parálisis por tres años, lo cual le dio más excusas para no rezar. Es decir, la pobre Teresa tenía todo para llenarse de resentimiento, rebelarse contra la sociedad, y proclamarse una feminista con todas las letras. Pero por misericordia, o vaya a saber qué, nunca se perdió.

Durante todos esos años sin oración, la monja se excusaba que no lo hacía “por humildad”. Si era tan pecadora, entonces no merecía favores de Dios. Pero, como dice en sus escritos, alejarse de la oración es como sacar a un bebé de los pechos de su madre ¿Qué se puede esperar sino la muerte? Cuando tenía 41 años, un sacerdote la convence de que comience a rezar, aunque al principio le costase. Así fue que, de a poco, Dios la llenó de paz, y le abrió un mundo desconocido para ella. Sus experiencias místicas han sido ampliamente documentadas y observadas en muchas almas a lo largo de la historia: la presencia de Dios inundando los sentidos, raptos divinos en que Dios la llenaba completamente, la unión con Dios que le derretía su alma. Más de una vez su cuerpo levitaba en trance espiritual. Más de una vez, percibiendo lo que se venía, le pedía a sus hermanas que la sujeten y no permitiesen que salga volando. Y esto la humillaba y le pedía a Dios que no le diera estos favores en público.[1]

Durante esas experiencias místicas, Teresa descubrió que el alma era comparable a un castillo con Siete Moradas (o círculos de habitaciones) y todo ello rodeado por una fosa que contenía lo peor de la naturaleza humana. Ese castillo que era el alma de Teresa estaba inundado de luz y resplandecía por todas sus ventanas.

A los 53 años se cansa de esa vida cómoda del convento en que vivía, y se determina volver a lo básico de la vida contemplativa: una vida simple de pobreza y oración. Y ahí se le vino la noche. La denunciaron desde el púlpito, la persiguió la Inquisición, la ciudad le comenzó un juicio… Todo simplemente porque quería llevar una vida “simple” y “pobre”.

Si miramos la personalidad psicológica de Teresa de Ávila, hay como tres mujeres o seres humanos gigantescos.

En primer lugar, tenemos la Teresa contemplativa, solitaria, que vive absorta continuamente en la presencia de Dios mismo, es decir, de la Santísima Trinidad. No de santos, rosarios, devociones o novenas, sino de la misma Trinidad Divina. Y esto no en una visión imaginaria sino con visión intelectual, es decir, con una asombrosa “presencia” de Dios. Teresa era una mujer de Dios, envuelta en el misterio divino, y llena de talentos: sabia y práctica, inteligente y experimentada, mística y reformadora.

En segundo lugar, tenemos una mujer no sólo santa, sino bien mujer, como Dios manda. Una mujer con un corazón que “ama a infinidad de personas, hombres y mujeres, monjas y seglares, con el amor más personal, más tierno y más efectivo que se pueda imaginar, que tiene intensidad de pasión y delicadezas de adoración, que es moderado e infinito a la vez, ciego e inteligente, distribuido según los grados de proximidad del prójimo y dentro del cual nadie estorba a nadie, pero hay para todos.”[2] Teresa fue una mujer que vivió para otros, que inspiraba y daba vida a quién tratara con ella.

Por último, está la mujer “activista”, la de acción, la que no se queda quieta, la reformadora, la peleadora, la mujer de grandes empresas, la conquistadora. Su empresa fue la de fundar una nueva orden religiosa y reformar otra. Así, fue de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad fundando, escribiendo, y peleando para renovar y reformar la iglesia. Esta Teresa es la “monja vagamunda”, como la llamaban sus enemigos, comprando casas, llevando cuentas y contando dinero, “admitiendo novicias, desechando novicias, poniendo y sacando superiores, calmando riñas y discordias, escribiendo a Roma, viendo al Rey, luchando con el Nuncio, escribiendo libros, esquivando a la Inquisición, viajando por toda Castilla y Andalucía en toda clase de mulas y carretas —con la Santísima Trinidad en la cabeza”.[3]

Lo que hizo, Teresa lo hizo con honor y decoro, no como tantas mujeres que para mostrar su desencanto muestran lo peor que la naturaleza pueda ofrendar. Mujeres que, según la imagen de la santa, viven en la fosa que rodea el castillo del alma: “con tantas cosas malas de culebras y víboras y cosas ponzoñosas que entraron con él”.[4]

La esperanza para todos nosotros es que Teresa no nació así, sino que se fue haciendo así de a poco o de a mucho, a través de un camino y un mundo de dificultades por el que todos debemos pasar.

®Pablo Munoz Iturrieta

[1] Cf. Teresa de Ávila, Carta a Don Lorenzo de Cepeda. Avila, Toledo, 17 de enero de 1577.

[2] Leonardo Castellani, Psicología humana, Ediciones Jauja, Mendoza, p. 21.

[3] Ibid., p. 2.

[4] Teresa de Ávila, Las moradas, cap. 2, n. 14.

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