Ayudar al que sufre: Fulton J. Sheen

Fulton Sheen es considerado como uno de los obispos más grandes que tuvo Estados Unidos. Sin embargo, por su conciencia recta, también fue un hombre que a lo largo de su vida se ganó muchos enemigos, tanto dentro como fuera de la Iglesia. La persecución fue la cruz que supo llevar con orgullo, experimentando en carne propia la injusticia y el dolor. Y como durante mucho tiempo no pudo hacer más que escribir, se dedicó al apostolado de la pluma. Y esas son las cosas de Dios, que cuando lo callan a un apóstol, lo hacen predicar con la pluma hasta el fin del mundo…

Y que lo hizo predicar, lo testimonian sus 96 libros y miles de cartas, cientos de miles sin exagerar. Recibía más de mil por día, y trató de contestar todas, incluso la de aquella niña que llorando le contaba que su caballo había muerto. ¿Qué hizo? Le mandó un caballo, aunque no por carta.

A otro niño, un judío que por jugar a ser Fulton Sheen recibió tremendo reto de su celoso padre, y que se lo contaba por carta, le mandó su solideo, capa y birrete, y 20 años más tarde, ese judío recibió la gracia de ser ordenado por el santo arzobispo en la catedral de San Patricio de Nueva York. Y como estas historias, hay muchas más que dejaremos para más adelante.

Sus libros ya en vida hicieron mucho bien, al punto que eran tantos los judíos, episcopalianos, luteranos, ateos y agnósticos que se convertían, que grupos organizados decidieron boicotear las ventas comprando todos los libros para que así no lleguen al público. Pero como Dios se ríe de los insensatos, lo único que lograban era elevar esos títulos a la categoría de “best-sellers” insuperables para otros títulos contemporáneos, y a los críticos de The New York Times no les quedaba otra que publicar la recensión de los libros en primera plana en la sección dominical de libros, lo cual se convirtió de persecución en propaganda gratis.

La demanda era tal, que las imprentas sacaban ediciones sucesivas, una tras otra, y por qué no, Fulton Sheen sacaba millones, de lo cual, según testificaron varios colaboradores, nunca se dejó ni un “penny” (centavo). Todo lo donaba para las misiones de la Iglesia, que vivieron un gran esplendor mientras él estuvo a cargo de la sección norteamericana de Propaganda Fidei. Verdaderamente, Fulton Sheen se reía con Dios.

El papa Benedicto XVI declaró hace unos años que Fulton Sheen vivió las virtudes de modo heroico. Por eso quería contarles una historia al respecto, y se me ocurrió la de Paul, un leproso de Nueva York. Uno de los enemigos y más acérrimos perseguidores de Fulton Sheen, el cual fue su secretario por mucho tiempo y también misionero en la Argentina, tuvo que reconocer que, aunque lo acusaba de hacer todo para ganarse el honor del mundo y ser estimado por muchos, este hecho siempre lo dejó perplejo. Y aquí va.

Un joven de la alta sociedad de Nueva York, Paul, se enfermó de lepra, y como era de esperar, la familia lo abandonó en el hospital. Allí estuvo internado por 6 años, hasta el día de su curación completa. Sin embargo, la enfermedad dejó sus marcas: el rostro desfigurado, las manos y dedos deformados e inservibles, caminaba mal, problemas en los huesos y músculos. En una palabra, era deforme.

Se enfermó a los 18 años, cuando el mundo le sonreía, y gozaba de todos los placeres mundanos, y de las amistades frívolas de la alta sociedad. Pero esta nueva situación lo dejó en un abandono total. Nadie se le acercaba. Todos sus antiguos amigos huían de él. Hasta le tenían asco, porque el mundo no entiende el sufrimiento. Y este joven tampoco lo entendía. Vagaba por las calles solitarias de Nueva York, especialmente por las noches, cuando nadie lo veía. Vivía airado contra Dios por lo que le había pasado. Pensaba incluso suicidarse. Hasta que un buen día, en la pagana noche de brujas o Halloween como le llaman acá, se cruzó con un grupo de niños todos con sus disfraces de brujos y monstruos, que al verlo uno de ellos exclamó: ¡A ese no le hace falta máscara! Y todos rieron a coro.

Esto le perforó el alma. Fue tanta la bronca y la desolación, que comenzó a caminar sin saber para dónde iba. Quería morir, y estaba buscando cómo. Al doblar la esquina, se da cuenta que está junto a la catedral de San Patricio. Era de noche, pero por ser vísperas de Todos los Santos, estaba todavía abierta. No era católico, pero sabía que ahí solía predicar ese obispo que salía por televisión y pedía ayuda para sus leprosos de África y Asia. Enojado se preguntó si ése que ayudaba a los que estaban tan lejos, sería capaz de ayudarlo a él. Y entró.

El Santísimo estaba expuesto al fondo, sobre el altar mayor. Y vio a un hombre arrodillado al frente. Se acercó, y para su sorpresa, era el mismo Fulton Sheen. Se acercó, y le pidió hablar con él. En cuanto el obispo lo vio todo desfigurado, se levantó de inmediato, dándose cuenta de su enfermedad, y lo llevó a un costado de la catedral, donde el joven le contó su vida.

Fue así que, en Fulton Sheen, el leproso encontró a su gran amigo. El santo obispo le consiguió una casa donde vivir, una persona que lo ayudara, y un trabajo adaptado a sus condiciones. Y todos los jueves lo llevaba a comer junto con él. Como no podía agarrar los cubiertos, el obispo lo hacía, le cortaba la comida, y le acercaba el alimento a su boca. Así, jueves tras jueves, hasta el día en que Fulton Sheen murió en 1979, el leproso fue su invitado de honor. Durante los cuatro años que tuvo su famoso programa de TV, Fulton Sheen lo llevaba siempre con él, y lo sentaba en primera fila.

Paul no era creyente, pero la caridad del obispo lo movió a abrazar la fe, y así fue el mismo obispo quien lo bautizó, confirmó, y le dio la primera comunión.

Más que los 96 libros que escribió, los cientos de programas que condujo en radio y TV, lo más grande que tuvo Fulton Sheen fue la caridad que Dios le infundió, y que él por su parte se dejó infundir. Caridad que brotaba de su amor a la Cruz, y a Cristo crucificado. Se crucificó junto con Él, y desde la Cruz entonó su cántico. Y como sabía que el precio de cada alma es la Sangre de Cristo, se arrojó para salvarlas, sobrepasando todo formalismo y opinión de los demás. Cuando había que salvar un alma, lo hacía, y hacía lo que fuera, sin importar el costo. Porque a Cristo le costó su vida, y nunca nadie va a dar más de lo que Él hizo por nosotros. Por eso es que se dice que la caridad no tiene límites.

JPII-FJS

 

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