Mensaje de la Madre Teresa de Calcuta a la Corte Suprema de USA (1994)

Inédito en españolMensaje de la Madre Teresa de Calcuta a la Corte Suprema de USA sobre el Aborto

A continuación, presento por primera vez en español el mensaje que la Madre Teresa de Calcuta envió a la Corte Suprema de los Estados Unidos en 1994 pidiendo que se revea la decisión sobre el aborto (Roe vs. Wade), el cual fue presentado por su abogado, el reconocido profesor de jurisprudencia de la Universidad de Princeton, el Dr. Robert P. George.


Espero que no crea que es presunción de mi parte el dirigirme a usted en nombre del niño por nacer. Como ese niño, yo también puedo ser considerada una extraña. No soy ciudadana estadounidense. Mis padres eran albaneses. Nací antes de la Primera Guerra Mundial en una parte de lo que aún no era, y ya no es, Yugoslavia. En muchos sentidos, sé lo que es no tener un país. También sé lo que es sentirse como ciudadano adoptado en otras tierras. Cuando aún era una niña, viajé a la India. Encontré mi trabajo entre los pobres y los enfermos de esa nación, y he vivido allí desde entonces.

Desde 1950, he trabajado con mis muchas hermanas de todo el mundo como una de las Misioneras de la Caridad. Nuestra congregación ahora tiene más de cuatrocientas fundaciones en más de cien países, incluidos los Estados Unidos de América. Tenemos casi cinco mil hermanas. Nosotras cuidamos a aquellos que a menudo son tratados como extraños en sus propias comunidades por sus propios vecinos: los hambrientos, los lisiados, los pobres y los enfermos, desde la anciana con un tumor cerebral en Calcuta hasta el joven con SIDA en la ciudad de Nueva York.

Un enfoque especial de nuestro cuidado son las madres y sus hijos. Esto incluye a las madres que se sienten presionadas a sacrificar a sus hijos no nacidos ya sea por necesidad, negligencia, desesperación, y por filosofías y políticas gubernamentales que promueven la deshumanización de la vida humana inconveniente. Nuestro cuidado incluye a los propios niños, inocentes y completamente indefensos, que están a merced de aquellos que niegan su humanidad. Entonces, en cierto sentido, mis hermanas y aquellos a los que servimos son todos forasteros. Al mismo tiempo, somos supremamente conscientes de los lazos comunes de la humanidad, los cuales nos unen y que trascienden las fronteras nacionales.

En otro sentido, nadie en el mundo que valore la libertad y los derechos humanos puede sentir otra cosa que no sea un fuerte parentesco con los Estados Unidos. La vuestra es la única gran nación en toda la historia que se fundó bajo el precepto de la igualdad de derechos y el respeto por toda la humanidad, por los más pobres y más débiles de entre nosotros, así como también por los más ricos y fuertes. Como se afirma en la Declaración de Independencia, por medio de palabras que nunca han perdido su poder de conmover el corazón:

“Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres son creados iguales; que todos están dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad …”

Una nación fundada en estos principios tiene una obligación sagrada: el de ser un ejemplo para el resto del mundo, para ascender aún más en la realización práctica de los ideales de la dignidad humana, la fraternidad y el respeto mutuo. Vuestros constantes esfuerzos en el cumplimiento de esa misión es lo que ha hecho de los Estados Unidos una inspiración para toda la humanidad, incluso mucho más que su tamaño, su riqueza o su poderío militar.

Debe reconocerse que ese modelo nunca fue de una perfección realizada, sino de una aspiración incesante. En el principio, por ejemplo, Estados Unidos negó al esclavo africano su libertad y dignidad humana. Pero con el tiempo supieron corregir ese error, aunque con un costo incalculable con respecto al sufrimiento humano y la pérdida de vidas. Vuestro ímpetu casi siempre ha sido hacia una concepción más completa, más abarcadora, con la garantía de los derechos que sus padres fundadores reconocieron como inherentes y dados por Dios. La vuestra ha sido una sociedad inclusiva, no exclusiva. Y vuestros pasos, aunque pueden haberse detenido o vacilar de vez en cuando, han sido guiados en la dirección correcta y han recorrido el camino correcto. La tarea no siempre ha sido fácil, y cada nueva generación ha enfrentado sus propios desafíos y tentaciones. Pero de una manera única, valiente e inspiradora, Estados Unidos ha mantenido la fe.

Sin embargo, en la memoria reciente, ha habido una desviación infinitamente trágica y destructiva de los ideales estadounidenses. Fue la propia decisión de la Corte en Roe v. Wade (1973) que excluyó al niño no nacido de la familia humana. Ustedes dictaminaron que una madre, en consulta con su médico, tiene amplia discreción, garantizada contra cualquier infracción de la Constitución de los Estados Unidos, para elegir destruir a su hijo por nacer. Vuestra opinión indicó que no era necesario que se “resolviera la difícil cuestión acerca de cuándo comienza la vida”. Esa pregunta es ineludible. Si el derecho a la vida es un derecho inherente e inalienable, seguramente debe existir donde sea que exista la vida. Nadie puede negar que el niño no nacido es un ser distinto, que es humano y que está vivo. Por lo tanto, es injusto privar al niño no nacido de su derecho fundamental a la vida en función de su edad, tamaño o condición de dependencia. Fue una triste infidelidad a los ideales más elevados de los Estados Unidos cuando este Tribunal dijo que no importaba, o no podía determinarse, cuándo comienza el derecho inalienable a la vida de un niño en el vientre de su madre.

Estados Unidos no necesita mis palabras para ver cómo vuestra decisión en Roe v. Wade ha deformado a una gran nación. El mal llamado derecho al aborto ha enfrentado a madres contra sus hijos y a mujeres contra hombres. Ha sembrado violencia y discordia en el corazón de las relaciones humanas más íntimas. Ha agravado la derogación del papel del padre en una sociedad cada vez más huérfana. Ha presentado el mayor de los regalos, al niño, como un competidor, una intrusión y un inconveniente. Se ha otorgado nominalmente a las madres una dominación desenfrenada sobre la vida independiente de sus hijos e hijas físicamente dependientes. Y, al otorgar este poder desmesurado, se ha expuesto a muchas mujeres a demandas injustas y egoístas por parte de sus esposos u otras parejas sexuales.

Los derechos humanos no son un privilegio conferido por el gobierno. Son el derecho de cada ser humano en virtud de su humanidad. El derecho a la vida no depende, y no debe ser declarado contingente, debido al deseo de cualquier otra persona, ni siquiera sea uno de los padres o un soberano. El Tribunal Constitucional de la República Federal de Alemania dictaminó recientemente que “el niño no nacido tiene derecho a su vida independientemente de la aceptación por parte de su madre; este es un derecho elemental e inalienable que emana de la dignidad del ser humano”. Los estadounidenses pueden sentirse orgullosos de que Alemania haya podido reconocer la santidad de la vida humana en 1993. Pero debéis llorar que vuestro propio gobierno, en el presente, parezca ciego a esta verdad.

No tengo nuevas enseñanzas para Estados Unidos. Sólo busco recordarles la fidelidad a lo que una vez enseñasteis al mundo. Vuestra nación se basó en la proposición, muy antigua como precepto moral, pero sorprendente e innovadora como visión política, de que la vida humana es un regalo de un valor incalculable y que merece, en todo momento y en todas partes, ser tratado con la mayor dignidad y respeto. Insto a la Corte a aprovechar la oportunidad presentada por las peticiones de estos casos para que considere la cuestión fundamental acerca de cuándo comienza la vida humana y para que declare sin equívocos los derechos inalienables que posee.

Madre Teresa de Calcuta

Traducción: ® Pablo Munoz Iturrieta

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