El reflejo del alma

“Los ojos son un reflejo del alma”, se dice muchas veces. Es verdad. Pero también se podría profundizar esa frase y decir: “Lo que uno ve es un reflejo del alma”. Es decir, lo que uno ve en los demás muchas veces no es más que un mecanismo por el cual creemos percibir en el otro algo que no es más que una realidad personal (sea una virtud, un vicio, una actitud, o el mismo carácter). Por eso se dice que las personas buenas creen que todos son buenos, o que “el ladrón cree que todos son de su condición”. Una vez visité una familia cuyo padre e hijo menor parecía que se odiaban. Cuando le noté eso a la madre, me dijo: “El problema es que ninguno de los dos está conforme consigo mismo, y pasa que los dos son iguales… por eso al verse reflejado el uno en el otro, se desprecian.” Cuan triste, pero cuan verdadero a la vez.

Ya desde la antigüedad se tenía la idea de que lo que vemos en los demás nos revela información sagrada de lo que somos nosotros mismos. Muchas veces analizamos el interior, sin darnos cuenta que ésa es sólo parte de la respuesta. También debemos prestar atención a la percepción que tenemos del prójimo. Al prójimo hay que amarlo, y si no lo cumplimos entonces debemos preguntarnos seriamente el por qué.

He leído recientemente varios estudios que afirman que el exterior a veces actúa como un espejo para nuestra alma. Y en ese espejo vemos reflejadas diferentes cualidades, características y aspectos personales de nuestra propia esencia, de nuestro ser más íntimo, de quien somos en realidad. La Madre Teresa de Calcuta, por ejemplo, veía en el rostro de los pobres y abandonados el sufrimiento de Cristo. El sufrimiento de la pasión que experimentaba en su noche oscura. Su caso es ciertamente especial y con un profundo contenido teológico, envuelto en el misterio salvífico del sufrimiento. Pero también nos puede ocurrir lo contrario, y en vez de ver a Cristo en el prójimo, podemos ver reflejada nuestra propia miseria.

Es importante notar esto, porque muchas veces puede pasar que cuando observamos algo que no nos gusta de los demás, y sentimos un cierto rechazo o incluso disgusto, en realidad puede ser que nos estemos viendo reflejados en el prójimo. Cuán sabia entonces la frase del evangelio: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” (Marcos 12, 31). Lo contrario a este mandamiento es lo que en cierta manera la psicología ha expresado como la “ley del espejo”, la cual establece que de alguna manera ese aspecto que nos disgusta de determinada persona existe en nuestro interior. Según la ley del espejo, nuestra inconsciencia, ayudada por la proyección psicológica que realizamos en los demás, nos hace pensar que el defecto o desagrado que percibimos en el prójimo solo existe “ahí afuera”, no en nosotros mismos, cuando tal vez la realidad es lo contrario. Es por eso que esta proyección psicológica es también un mecanismo de defensa por el que atribuimos a otros sentimientos, pensamientos, creencias o incluso acciones propias que son inaceptables para nosotros. Durante el debate sobre el aborto, por ejemplo, me sorprendió como personas viviendo en adulterio de repente apuntaban contra aquellos a favor del aborto, los malvados, sin darse cuenta que su propio pecado es la raíz de tremenda maldad: el aborto es producto del adulterio, de la lujuria, de la infidelidad. Sino, ¿por qué tapar la existencia de un niño?

Debemos estar atentos a esas proyecciones que podamos realizar. Puede pasar que a nuestra realidad la traslademos sin filtro al mundo exterior, construyendo la verdad exterior con nuestras propias características personales. Otro ejemplo de esto pasa muchas veces cuando alguien se enamora. Muchas veces me he preguntado “¡Cómo puede ser que se haya casado con ese! ¿No se daba cuenta de que era un vago charlatán?” Tal vez la respuesta está en la proyección psicológica que sucede cuando alguien se enamora ciegamente y atribuye a la persona amada ciertas características que tan sólo existen en uno. Es por eso que, sin fundamentos, no es amor sino pasión. Y la pasión es siempre peligrosa si no está controlada por la razón y la voluntad bien encaminada. Porque puede ser que la persona termine proyectando sobre su entorno su propia realidad, a veces imaginaria, lo que la hace vivir en un castillo de papel. Cuántos hay que afirman “conocer” muy bien a otras personas cuando en realidad lo que hacen no es más que proyectar sobre ellas la propia realidad.

Si nos disgustamos con el prójimo, debemos preguntarnos si tal vez no sea más que una proyección. Porque de ser así, esto nos permitirá descubrir cómo somos en realidad. El ser conscientes de este mecanismo mental nos ayudará a recuperar el control sobre lo que está sucediendo en nuestro interior para así responsabilizarnos, hacernos cargo, y trabajar aquellos aspectos interiores que querríamos transformar.

®PabloMunozIturrieta

 

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