Quema de libros en Canadá

En Ontario, Canadá, un Consejo Escolar de 30 escuelas estatales católicas de habla francesa decidió quemar miles de libros que contenían alguna referencia a pueblos indígenas por el simple hecho de que sus autores no eran indígenas y podían herir las sensibilidades de estas personas. Entre las víctimas estas maestras ideólogas tuvieron la idea estúpida de quemar clásicos como las Aventuras de Tintín y la serie de Asterix y Obelix.

En Canadá pasan las locuras menos pensadas, como quemar miles de libros en las escuelas para “reconciliarse” con indígenas. En la mejor versión de la ideología del poscolonialismo, todo relato occidental que haga alguna referencia a los pueblos “originarios” debe ser cancelado.

El objetivo de la quema de 5.000 libros era tener “un gesto de reconciliación con las Primeras Naciones, y un gesto de apertura hacia las otras comunidades presentes en la escuela y en nuestra sociedad” según Lyne Cossette, la portavoz del Consejo Escolar de habla francesa de las escuelas católicas estatales de Providence, en la provincia de Ontario. Pero, ¿cómo quemar libros de nuestra cultura es un “gesto de apertura”? Aquí la pregunta es, ¿cómo el destruir a la civilización occidental nos va a reconciliar con las tribus indígenas? Si esas mismas tribus se destrozaban entre ellos, algunas vivían sometidas brutalmente a otras tribus, y fue gracias a que las tribus abrazaron la civilización occidental que quienes se destruían los unos a los otros terminaron unidos como hermanos.

Pero la payasada ideológica a la que sometieron a los pobres niños no terminó ahí, sino que la fogata con libros fue una especie de “ceremonia de purificación con llamas”, es decir, un ritual totalmente pagano y usaron las cenizas de la quema de libros para abonar tierra y plantar árboles. Y ahí, perdónenme, es que la estupidez progre es una suma de ignorancia, porque jamás deben usar cenizas de papel como abono, ¡jamás! Se los dice alguien que planta y cosecha sus verduras, ya que para abono se usa materia orgánica descompuesta, como el guano de animales, pero nunca un papel que contiene químicos y tinta porque simplemente mata a las plantas.

Todo esto de la quema de libros me hizo acordar a una novela de Ray Bradbury, Fahrenheit 451, que presenta a los Estados Unidos en un futuro en el que los libros se prohíben y los bomberos los queman. Fahrenheit 451 es la historia de un bombero cuyo objetivo no es apagar incendios, sino iniciarlos, sus mangueras no lanzan agua, sino querosene para consumir libros, las casas que los contienen y quienes habitan en ellos.

Pero un día el bombero roba un libro, lo lee, hasta pronto lo descubren, es denunciado sin saberlo y, como parte del cuerpo de bomberos se dirige a incendiar la casa del transgresor, con la sorpresa de que la casa que van a quemar es la suya propia, iniciando una persecución policial hasta el final.

Los libros deben ser quemado en el mundo de Fahrenheit 451 porque desestabilizan el orden social al causar que la gente piense, y cuando la gente piensa comienza a desconfiar de las autoridades. En vez de libros, la masa es atontada con pantallas de televisión en las cuatro paredes de la casa y cuyo sonido les llega a los oídos por medio de auriculares inalámbricos.

Un día, antes del desenlace fatal, la mujer del bombero se sorprende que Montag, el personaje principal, hacía dos horas tenía que estar en la estación de bomberos, pero todavía estaba en la cama pensativo. El día anterior habían quemado una casa llena de libros con una anciana adentro que los defendió hasta la muerte. Montag dice reflexionando:

“No se trata sólo de la mujer que murió. Anoche, estuve pensando en todo el querosén que he usado en los últimos diez años. Y también pensé en los libros. Y, por primera vez, me di cuenta de que había un hombre detrás de cada uno de ellos. Un hombre tuvo que haberlo ideado. Un hombre tuvo que emplear un largo tiempo para ponerlo en el papel. Y ni siquiera se me había ocurrido esto hasta ahora”.[1]

Ray Bradbury, Fahrenheit 451.

Cuando Bradbury publicó su gran novela futurista Fahrenheit 451, estaba describiendo un mundo que todavía no existía.

Para Bradbury, los libros eran depósitos de conocimientos e ideas. Temía un futuro en el que ese objeto estuviera en peligro, y ahora ese futuro llegó.

Pero en otra sección del libro su jefe le dice que los libros se queman porque contienen verdades incómodas.

“A la gente de color no le gusta El pequeño Sambo. A quemarlo. La gente blanca se siente incómoda con La cabaña del tío Tom. A quemarlo. ¿Alguien ha escrito un libro sobre el tabaco y el cáncer de pulmón? ¿Los fabricantes de cigarrillos se lamentan? A quemar el libro. Serenidad, Montag. Paz, Montag. Líbrate de tus tensiones internas. Mejor aún, lánzalas al incinerador, ¿Los funerales son tristes y paganos? Eliminémoslos también. No nos cuestionemos por los individuos con memoriales. Olvidémoslos. Quemémoslo todo, quememos absolutamente todo. El fuego es brillante, el fuego es limpio”.[2]

Ray Bradbury, Fahrenheit 451.

Una vez que Montag comienza a recapacitar y darse cuenta de lo que significa la quema de libros, un viejo le da una lección: “Los que no construyen queman”.[3] Y eso es lo que tenemos aquí en la acción de estas maestras ideologizadas. El posmodernismo solo vino a destruir todo, y como pensamiento es destructor, solo le queda quemar libros.

Hemos llegado al punto de que todas nuestras vidas pueden estar enfocada en las redes sociales, de esa manera el control virtual es total. Pero eso también significa que tener libros y leerlos se vuelve un acto de rebelión. ¿Por qué? Porque cuando tenemos un libro impreso, nadie puede rastrearlo, alterarlo, cambiar la historia, ni hackearlo.


[1] Ray Bradbury, Fahrenheit 451 (New York: Simon & Schuster, 2013), p. 49.

[2] Bradbury, Fahrenheit 451, p. 57.

[3] Bradbury, Fahrenheit 451, p. 85.

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