¿Por qué es falso que la conducta “masculina” es una “construcción social”?

A ninguna mujer le atrae un hombre débil y dominado por otros, sin ideales, que no sepa controlar sus emociones, que no desee superarse a si mismo, que no posea un espíritu competitivo que lo impulse al éxito. Si una mujer se casa con un hombre así, probablemente vivirá frustrada con él. Este tipo de hombre, sin embargo, es el que daría como resultado si siguiésemos los consejos del feminismo radical. Para tratar de convencernos, se está haciendo una fuerte campaña contra la pretendida “masculinidad tóxica”, tal como el informe publicado por la Asociación Americana de Psicología: “Pautas para la práctica psicológica con hombres y niños”. Ningún niño, hombre o psicólogo debería seguir el consejo del informe (ver el artículo al respecto aquí). Estas pautas implican que la “masculinidad tradicional”, tales como el estoicismo, la competitividad, el dominio y la agresión son perjudiciales y, por lo tanto, la masculinidad es “tóxica”. Como ya dijimos en otros artículos, este ataque a la masculinidad proviene de una pseudofilosofía “constructivista” de origen marxista según la cual todas las categorías, tal como las categorías “hombre” y “mujer”, son construcciones culturales (ver los orígenes de esta movida ideológica aquí). Suponen que ser hombre o mujer es una construcción cultural de la cual hay que librarse…

En el artículo anterior (ver aquí), el cual demostraba que la masculinidad tóxica no existe, se afirmaba que la biología y la zoología nos muestran que los rasgos psicológicos propios del ser humano tienen una base biológica y genética, ligada incluso a la estructura cerebral, por lo que es imposible librarse de estos rasgos y conductas. Estos, por el contrario, son consecuencia de la estructura biológica de la persona humana. En este artículo se proveerán más ejemplos al respecto, con la intención de demoler la idea que la noción de “hombre” y “mujer” y sus conductas características son “construcciones” culturales y transmitidas. ¿Cómo se puede demostrar la falsedad de tal postura “constructivista”? Acudiendo al reino animal y las conductas de distintas especies salvajes, ya que es imposible afirmar que son producto de la construcción social humana. Dichas conductas también se observan en el ser humano y la razón es porque están inscritas en circuitos biológicos y neuronales que subyacen a la conducta humana.

El ser humano tiene tres inclinaciones primordiales: a sobrevivir (o mantenerse en el ser), a procrearse (para propagar la especie) y a actuar de modo racional y libre. Estas tres inclinaciones son las que dan luego fundamento a los distintos derechos humanos. Pero ahora concentrémonos en las dos primeras inclinaciones básicas. La biología evolucionaria concuerda con este planteo filosófico al afirmar que los dos objetivos fundamentales en el “juego evolutivo” de la vida son el sobrevivir (selección natural) y el aparearse (selección sexual). Para las especies que se reproducen sexualmente, incluidos los humanos, la zoología ha notado que tanto el macho como la hembra tienen preferencias de apareamiento universales, es decir, se encuentran en todas las especies más allá del lugar, clima e incluso cultura y sociedad en donde viven (en el caso de los humanos).[1]

Habiendo crecido en el corazón de la Cordillera de los Andes, fui testigo cuantiosas veces de un hecho que importantes biólogos y zoólogos añoran por contemplar: la lucha por el tropel de guanacos.

guanacoPara quienes no los conozcan, el guanaco es un camélido de pelo doble que habita en las grandes alturas de los Andes y en la Patagonia. El macho llega a medir hasta casi 2 metros de altura y pesar hasta 140 kg. Los guanacos viven en tropeles conformados por un macho y varias hembras con sus crías. Cuando otro guanaco macho se acerca a un tropel, se produce una batalla feroz en la ladera de las montañas entre el macho invasor y el padrillo (el macho de tropel). Estos dos machos corren lado a lado y de arriba abajo en empinadas laderas, embistiéndose ferozmente y chocando frontalmente en una muestra prodigiosa de salvajismo, fuerza y resistencia. En esa lucha, uno de los dos machos muere o se aleja herido y vencido. El vencedor reafirma su posición o se incorpora en el tropel y las hembras premian a ese macho vencedor con el acceso sexual. La pregunta es ¿se puede decir que la conducta de los guanacos machos es un síntoma de “masculinidad tóxica”? Y las hembras del tropel ¿están sucumbiendo a anticuadas nociones de masculinidad impuestas por el patriarcado guanaco?

Veamos otros dos ejemplos al respecto.

cangrejo extendidoEn el caso de los cangrejos, las hembras prefieren a los machos que tienen las tenazas más grandes. Cuando varios cangrejos se disputan una hembra, estos se extienden completamente, como irguiéndose sobre sus patas traseras y elevan las tenazas para mostrar en un abrir y cerrar constante el poder y tamaño del instrumento. La hembra inexorablemente elije al cangrejo cuyas tenazas sobresalen del resto.[2] ¿La hembra premia al ganador? Sí, las cosas del patriarcado… De esta manera la hembra se asegura de continuar la especie con el cangrejo mejor dotado genéticamente.

carneros chocandoEn el caso de los carneros, la hembra se aparea con el carnero que gane una brutal lucha frontal ente dos machos que chocan mortalmente cabeza a cabeza. Es decir, la hembra recompensa al carnero más fuerte y agresivo.[3] Y así, la lista continua en el reino animal… ¿Se entiende la idea general? Estas conductas no son producto de la construcción cultural o social, sino que se encuentran inscritas en lo más intimo de las redes neuronales de toda especie animal. ¿Los carneros exhiben masculinidad tóxica? Y las cangrejas ¿están sucumbiendo a la masculinidad decretada por el patriarcado del cangrejo? Nada más irrisorio… No sin razón el feminismo radical odia la biología y toda ciencia (para ellas, de hecho, la objetividad científica es una imposición patriarcal).

Si aplicamos el proceso de selección sexual al ser humano, nos sorprendemos al ver que los patrones de preferencia son universales, es decir, no varían dependiendo del tiempo, lugar y cultura. La psicología evolutiva ha demostrado que, cualquiera sea la cultura, la mujer no se siente atraída a hombres con forma de pera (con caderas anchas y hombros pequeños), de bajo estatus, sin confianza en sí mismos y con una voz nasal y aguda.[4] En ninguna cultura estudiada, las mujeres tienen fantasías o deseos sexuales o de establecer una relación permanente con hombres vagos, desempleados, sin ambición y que ocupan el lugar más bajo en la jerarquía social. Por el contrario, en toda cultura estudiada la mujer se siente atraída por el fenotipo masculino que el feminismo considera “tóxico”… Es decir, la atracción de la mujer al hombre se correlaciona con la testosterona en este, que sea socialmente dominante (nadie quiere casarse con un hombre que no la defienda en peligro o que no tenga carácter para enfrentarse a las adversidades de la vida y la sociedad), que se arriesga estratégicamente en su conducta y que exhibe patrones de conducta que le permitirán ascender en la vida. Es decir, nadie desea a un hombre sin “potencial”. Si por algún caso alguna lectora desea a un hombre contrario a todo lo que se ha descrito hasta el momento, que se comunique y hacemos un debate. Alguna feminista podría objetar: “solo queremos a un hombre no violento”. Por supuesto, nadie quiere a un hombre violento, porque estos hombres no se han adaptado socialmente y no han madurado psicológicamente. Lo que queremos son hombres que hayan dominado la agresividad natural y biológica y la hayan empleado en servicio del crecimiento personal, de la sociedad y de su familia. He tratado con cantidad de mujeres e hijos frustrados por un padre sin carácter, dominado, que no defiende a sus hijos. En un caso particular, una mujer ya en sus 40 guardaba un profundo odio y resentimiento a su padre porque cuando esta fue abusada en su juventud, el padre no tuvo el carácter para defenderla y enfrentarse al abusador (quien era un familiar cercano). Toda mujer desea un hombre de esos que, si le tocan un hijo o a la esposa, sálvese quien pueda. Y está bien. Por alguna razón en toda cultura la mujer sueña con un Rambo, no con un hombre afeminado…

Aclaremos esto un poco más. El hombre ideal es fuerte y sensible a la vez; masculino y cariñoso; agresivo en algunas situaciones y muy gentil en otras; es alguien que toma riesgos enormes por crecer en la vida o en el trabajo, pero lo suficientemente sensible como para ser domado por el amor de una buena mujer. Este es el arquetipo del esposo ideal y, sorpresivamente, es el arquetipo deseado en toda cultura, ya sea en las civilizaciones más antiguas o en el Japón contemporáneo. Este es el hombre que toda mujer desea y todo hombre envidia.[5]

Que quede claro entonces que la masculinidad tiene una base biológica y neurológica subyacente a conductas que es necesario encaminar para el bien y crecimiento personal y de la sociedad. ¿Construcción cultural? Hasta los cangrejos se ríen del sofisma.

Por último, no hay que desestimar el hecho de que es la mujer quien elige compañero para toda la vida. El hombre depende de ese sí del que cuelga toda su vida y su futuro. La mujer elige teniendo en cuenta factores que hacen a la posible vida que se vislumbra. El hombre muchas veces le falla y la mujer se lamenta e incluso se culpa a sí misma “¿por qué me casé con este?” No hay que olvidar este elemento esencial para entender el progreso humano (y algunos dirán evolucionario) de nuestra especie. La mujer, y en las especies animales la hembra, es quien marca el destino genético de la especie.[6]

© Pablo Muñoz Iturrieta 2019

[1] Cf. Botero, Carlos A. y Dustin R. Rubenstein. “Fluctuating environments, sexual selection and the evolution of flexible mate choice in birds”, PloS one, 2012, 7, no. 2, p. 32311; Clutton-Brock, Tim. “Sexual selection in females”, Animal Behaviour, 2009, 77, no. 1, pp. 3-11; Frame, Alicia M. “The role of sexual preferences in intrasexual female competition”, BMC evolutionary biology, 2012, 12, no. 1, p. 218; Gómez‐Llano, Miguel Angel, Eva María Navarro‐López, y Robert Tucker Gilman. “The coevolution of sexual imprinting by males and females”, Ecology and Evolution, 2016, 6, no. 19, pp. 7113-7125; Kokko, Hanna y Daniel J. Rankin. “Lonely hearts or sex in the city? Density-dependent effects in mating systems”, Philosophical Transactions of the Royal Society B: Biological Sciences, 2006, 361, no. 1466, pp. 319-334; Otto, Sarah P. “The Evolutionary Enigma of Sex”, The American Naturalist, 2009, 174, no. S1, pp. 1-14; Ryabko, Daniil y Zhanna Reznikova. “On the evolutionary origins of differences in sexual preferences”, Frontiers in psychology, 2015, 6, pp. 1664-1078; Thornhill, Randy y Steven W. Gangestad. The evolutionary biology of human female sexuality, New York;Oxford;, Oxford University Press, 2008; Wilkinson, G. S., F. Breden, J. E. Mank et al. “The locus of sexual selection: moving sexual selection studies into the post‐genomics era”, Journal of Evolutionary Biology, 2015, 28, no. 4, pp. 739-755.

[2] Cf. Barnard, Mollie E., Ariana Strandburg-Peshkin, Ian R. Yarett et al. “The blue streak: a dynamic trait in the mud fiddler crab, Uca pugnax”, Invertebrate Biology, 2012, 131, no. 1, pp. 52-60; Brandwein, Ruth A. “Mating of the Horseshoe Crabs”, Affilia, 2000, 15, no. 3, pp. 447-447; Croll, George A. y James B. McClintock. “An evaluation of lekking behavior in the fiddler crab Uca spp”, Journal of Experimental Marine Biology and Ecology, 2000, 254, no. 1, pp. 109-121.

[3] Cf. Drake, Aaron Michael. Dynamic structural analysis of ramming in bighorn sheep (ProQuest Dissertations Publishing, 2015).

[4] Cf. Hodges-Simeon, Carolyn R., Steven J. C. Gaulin, y David A. Puts. “Different Vocal Parameters Predict Perceptions of Dominance and Attractiveness”, Human Nature, 2010, 21, no. 4, 406-427; Maklakov, Alexei A., Russell Bonduriansky, y Robert C. Brooks. “Sex Differences, Sexual Selection, and Ageing: An Experimental Evolution Approach”, Evolution, 2009, 63, no. 10, pp. 2491-2503; McCormick, Cheryl M., Nicole M. Cameron, Madison A. Thompson et al. “The sexual preference of female rats is influenced by males’ adolescent social stress history and social status”, Hormones and Behavior, 2017, 89, pp. 30-37; Re, Daniel E., Jillian J. M. O’Connor, Patrick J. Bennett et al. “Preferences for very low and very high voice pitch in humans”, PloS one, 2012, 7, no. 3, p. 32719; Zhu, Zhen, Tae Won Kim, y Jae Chun Choe. “Is female preference for large sexual ornaments due to a bias to escape predation risk?”, BMC evolutionary biology, 2012, 12, no. 1, p. 33.

[5] Cf. Kim, Tae Won, John H. Christy, y Jae C. Choe. “A preference for a sexual signal keeps females safe”, PloS one, 2007, 2, no. 5, p. 422; Klasios, John. “Cognitive traits as sexually selected fitness indicators”, Review of General Psychology, 2013, 17, no. 4, pp. 428-442; Little, A. C., D. M. Burt, I. S. Penton-Voak et al. “Self-perceived attractiveness influences human female preferences for sexual dimorphism and symmetry in male faces”, Proceedings of the Royal Society of London. Series B: Biological Sciences, 2001, 268, no. 1462, pp. 39-44; Puts, David A. “Beauty and the beast: mechanisms of sexual selection in humans”, Evolution and Human Behavior, 2010, 31, no. 3, pp. 157-175.

[6] Cf. Martínez-Ruiz, Carlos y Robert J. Knell. “Sexual selection can both increase and decrease extinction probability: reconciling demographic and evolutionary factors”, The Journal of animal ecology, 2017, 86, no. 1, pp. 117-127.

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